24.11.09 Alberto Arcos tiene algo de duende. Posee unos rasgos físicos que destacan, pues te mira de frente con unos ojos claros, rasgados y azules. Tiene un aire extranjero, reforzado por el rubio casi albino de sus cabellos. Lo ves por primera vez y no lo olvidas; luego, de repente, se te va apareciendo en multitud de escenarios en distintas y variadas formas.
Alberto es vitalista e inquieto por lo que no deja de explorar las diferentes facetas artísticas que lo han convertido en un intérprete camaleónico, versátil y con una enorme gama de registros.
Desde sus inicios en el Ballet de María Rosa ha sido actor de series de televisión y teatro, bailarín de múltiples estilos, desde el clásico español, a la danza barroca, la tradicional, el neoclásico, el contemporáneo, los musicales... Toda una aventura profesional sin límites ni encasillamientos. Ahora, incluso, se le puede ver volar en el espectáculo “Peter Pan el Musical” del Teatro de la Latina, donde conversamos con él.
-¿Es posible vivir de la danza en España sin ser una gran estrella?
-Para vivir de la danza hay que tener la preparación adecuada y encontrase en el lugar adecuado en el momento preciso.
-Pero en una profesión tan arriesgada ¿Cual es tu secreto para no haber estado nunca en paro?
-Hay dos factores fundamentales: soy chico (Hay mayor escasez de bailarines masculinos) y he cambiado mucho de registro. Tengo una gran facilidad de adaptación, de desarrollar el sentido mimético del movimiento.
-¿Cómo ha sido tu recorrido profesional?
-Es curioso, porque yo empecé en el Ballet de María Rosa; siendo muy joven fue Pedro Azorín quien me llevó y ella dijo: “Niño, bailas muy bien. Te quiero en mi ballet”. Allí aprendí mucho, pues tuve maestros como María Magdalena o Paco Mora. Un día me presenté a un casting y me convertí en actor-bailarín de la serie televisiva “Un paso adelante”, en la que hacía un papel de pijo, por lo que del clásico español pasé a bailar jazz y funky. Luego, me marché a Nueva York.
-¿Qué hiciste en NY?
-Me matriculé en el Broadway Dance Center, y también trabajé en un exitoso musical (“The Donkey Show; A Midsummer Night´s Dream”). De allí me fui a París, a estudiar danza barroca. Y también me cogieron para bailar en dos montajes de la Ópera Nacional de París.
-Tú que has superado tantos castings, ¿Cómo piensas que hay que enfrentarse a esa experiencia?
-Yo lo que hago es permanecer tranquilo, sereno, e intento absorber con todos mis sentidos qué es lo que te están pidiendo. Por ejemplo, una vez en un casting para Cesc Gelabert, los otros me decían al verme: “Claro, ¡Como tú eres de contemporáneo!”. Yo… ¿De contemporáneo? Simplemente, me transformo en lo que se solicita.
La templanza y la concentración son los ingredientes que te hacen superar una prueba. Los nervios son el peor enemigo. Conozco gente que hasta tiene que tomar tranquilizantes, y así no puede ser.
-¿Tal vez sea necesario tener seguridad en uno mismo?
-Sí, eso es algo fundamental. Hay que ser consciente de las capacidades que se tienen y potenciarlas al máximo. Y también conocer las propias limitaciones. Por tanto, la fórmula consiste en destacar las virtudes y disimular los defectos. Yo sé que no puedo levantar la pierna hasta allí, pero he desarrollado otras capacidades en la expresión, en la gestualidad…
-Me gusta mucho tu papel de diablillo en “” de la Lyra Hispana.
-Me encanta la Comedia del Arte y este personaje tiene mucho de ello. Interpreto a “Eco”, el diablillo que cuenta al público los pensamientos malignos de las protagonistas. Es una ópera barroca de pequeño formato, basada en una anécdota real que sucedió en la Inglaterra del siglo XVIII: dos célebres divas se retaron sobre un escenario y terminaron tirándose de los pelos ante el mismísimo Príncipe de Gales. Fue el final de sus carreras.
Es un espectáculo bellísimo donde la danza tiene un papel fundamental y la música de Haendel es… ¡Qué te voy a contar! Disfruto mucho afrontando nuevos personajes, en realidad, nunca paro de formarme y de retarme a mí mismo.
-Te recuerdo en la Compañía Esquivel, en el Mozart de Santamaría Compañía de Danza, en el Ballet Folklórico de Madrid… ¿Qué aconsejarías a los bailarines que empiezan?
-Que no se pierdan en egos falsos y que tengan humildad y disfruten. Este trabajo es muy duro, corto e inestable, si encima se van a pasar la vida quejándose, pues que no lo hagan. Hay que amar lo que se hace. Esto lo aprendí de mis maestros.
-¿Quiénes fueron tus maestros?
-Pedro Azorín, Juanjo Linares y Consuelo Cano. Ellos fueron entrega total y amor a la danza. Consuelo siempre me decía que si pones el corazón en el escenario, aunque no estés en primera fila, el público te va a ver.
Por desgracia, Pedro y Juanjo ya no están. Consuelo es tan maravillosa como lo fueron ellos. No es tan conocida como se merecería, pero ha sido una gran bailarina de clásico (Primera Bailarina en el primer Ballet Nacional que hizo Víctor Ullate). Lo que pasa es que Consuelo nunca ha querido figurar y se ha dedicado a los demás, tanto en el terreno familiar como hacia sus alumnos. Porque en realidad, ¿Qué te queda de la gente?
-¿Qué queda?
-Además del recuerdo de haber sido grandes profesionales, nos dejan el de ser grandes personas. Los grandes maestros siempre son sencillos, como lo fueron Pedro y Juanjo.
-¿Dónde te vamos a ver actuar próximamente?
-Seguiremos con “Peter Pan el Musical” hasta el 10 de enero, aunque me imagino que prorrogarán, dado el enorme éxito que está teniendo. Después, voy a participar en dos proyectos del director Gustavo Tambascio: llevaremos al Teatro Arriaga “El barberillo de Lavapies”; y a la Maestranza, la ópera “Parténope”, una joya que ya hemos estrenado en el Teatro San Carlo de Nápoles.
-¿Te sientes mejor como bailarín o como actor?
-Soy más bailarín, pero como una vez respondí –lo que hizo partirse de risa al director Jaime de Azpilicueta- cuando me preguntaron: “¿Usted qué es?”; y dije: “Yo, como Concha Velasco, ¡Quiero ser artista!” (Ríe)
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